
La Pelada de la Cañada: El mito urbano que marcó la historia de Córdoba
El arroyo de La Cañada es, sin dudas, uno de los iconos más fotogénicos y románticos de la ciudad de Córdoba. Sin embargo, antes de convertirse en el prolijo paseo de piedra que conocemos hoy, sus márgenes oscuras y marginales albergaron una de las historias más aterradoras del folklore argentino: la leyenda de La Pelada.
Si alguna vez caminás por sus puentes durante una madrugada de neblina, prestá atención. Tal vez no estés solo.
El Espectro del Calicanto
A finales del siglo XIX y principios del XX, cuando la zona estaba delimitada por el viejo muro de calicanto, los vecinos evitaban cruzar el arroyo a altas horas de la noche. ¿El motivo? Una aparición misteriosa.
Los testigos de la época relataban que una silueta femenina, de baja estatura y vestida enteramente de luto, emergía de la penumbra. Lloraba desconsoladamente y avanzaba emitiendo lamentos desgarradores que congelaban la sangre de los vecinos.
El verdadero terror llegaba cuando algún trasnochado, movido por la culpa o la curiosidad, intentaba acercarse para ofrecerle ayuda. Al pasar bajo la tenue luz de los viejos faroles de gas, la mujer se quitaba el manto negro en un movimiento brusco. Lo que quedaba a la vista no era un rostro humano, sino una calavera viviente, un rostro cadavérico y una cabeza completamente rapada y lisa. De ahí su célebre nombre: La Pelada.
Entre el espanto y la picardía cordobesa
A diferencia de otras almas en pena del continente, el fantasma de La Cañada tenía una personalidad impredecible, muy ligada a la cultura y picardía de la ciudad:
Con las mujeres piadosas: Solía ensañarse con las vecinas que salían temprano para la misa del alba; las perseguía en silencio y, según los rumores de barrio, les arrebataba los rosarios de las manos.
Con los hombres "paranderos": Si encontraba a un borracho o a un milonguero volviendo de fiesta, su actitud cambiaba. Se burlaba de ellos, les hacía gestos obscenos, los corría a los gritos y terminaba perdiéndose en la oscuridad con una carcajada estridente mientras los hombres huían aterrorizados.
La trágica historia detrás del mito
Como casi toda leyenda urbana, esta tiene una raíz de dolor real. Los viejos relatos orales aseguran que el espectro pertenecía a una joven que vivía en el paraje El Abrojal (lo que hoy conocemos como el bohemio y concurrido Barrio Güemes).
Una noche de invierno, la mujer fue emboscada junto al arroyo por un grupo de hombres que abusaron de ella, la asesinaron y la arrojaron al cauce del agua. Al nunca encontrarse a los culpables, su alma quedó atrapada en los muros de piedra, condenada a buscar justicia asustando a los vivos por la eternidad.
¿Sigue apareciendo hoy?
En el año 1944 finalizó la gran obra de sistematización que encajonó al arroyo en los muros de piedra. Con el cemento, las luces modernas y el movimiento constante de la ciudad, los avistamientos disminuyeron drásticamente.
Sin embargo, los cordobeses más antiguos y los taxistas nocturnos afirman que, cuando la ciudad duerme y la niebla baja sobre el agua, todavía se puede escuchar un llanto apagado flotando entre los puentes.